Mi clásico de acción de los 90… que se hizo en los 80

¡Un Lémur salvaje aparece en el camino!

Bienvenidos al ‘Condensador de fluzo’ de Fauna Cinéfila, el lugar donde hablamos espontáneamente de nuestros clásicos. No son gemas infravaloradas que necesiten ser reivindicadas, ni tótems sagrados de la cinefilia que necesiten ser recordados. Son títulos que por uno u otro motivo nos han marcado, puede que para bien, puede que para mal, puede que por razones personales o circunstanciales al visionado de la película, pero su recuerdo nos persigue y es nuestra naturaleza compartirlo.

¡Lémur Libidinoso se escabulle entre los arbustos!

Conservo pocos recuerdos del final de la década de los 90, la mayoría de ellos son fragmentos confusos que no soy capaz de ubicar en un año exacto. Yo era muy pequeño y al mundo le faltaban varios elementos clave que más tarde le darían significado a mi infancia. Digimon todavía no existía, mis padres aún no me habían comprado la Nintendo 64 y el primer libro de Harry Potter tardaría un tiempo en llegar a mis manos. Y a pesar de este páramo de referencias, hay momentos de aquella época que destacan en mi memoria por encima del resto, la mayor parte de los cuales tienen como decorado la casa de mi aldea.

Siempre que hubiera unos días libres, ya fuera un fin de semana o unas vacaciones, mi madre me llevaba a la aldea. Mis abuelos, mis padres, mi hermana y yo nos reuníamos allí y lo único que hacíamos todos juntos era comer, cenar y ver la tele por la noche. Lo que más se solía ver cuando se iba el sol eran películas, y aunque en mi familia nadie se consideraba cinéfilo, cada cual tenía sus gustos.

El criterio que se solía imponer finalmente en el ritual del zapping era el de mi abuelo, de forma que las pelis que más veíamos eran o de acción o del salvaje oeste. Eso sí, dentro de esos géneros podía tocar casi cualquier cosa, porque a mi abuelo, mientras hubiese hostias y tiroteos, le daba igual poner un clásico de Sergio Leone que un infumable de Steven Seagal. Y aun cuando tocaban infumables, yo los veía hasta el final, sin protestar, hoy podría pensar en tirarme por la ventana, pero en aquella época hostias y tiroteos eran suficiente para mí.

Ello no quiere decir que ignorara por completo el nivel de calidad de una película,  a pesar de tener ocho años y unos estándares de calidad francamente bajos, creo que en lo profundo de mi ser yo sabía cuándo una peli me molaba solo por las hostias y los tiroteos y cuándo había algo más. Y aunque en aquel momento no era capaz de discernir qué era ese “algo”, sabía que las cintas de Van Damme y Chuck Norris, por algún motivo, no lo tenían.

Pero basta ya de hablar de mí y mi nostalgia –por ahora–, hoy quiero hablar de una de esas películas que vi una de aquellas noches, y que se convirtió enseguida en una de mis favoritas. Ya la he visto catorce veces, y vosotros seguro que también, pero me da igual, hoy hablo de: LA JUNGLA DE CRISTAL.

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“WELCOME TO THE PARTY PAL!”

Ahora me propongo averiguar los motivos por los que esta película me impresionó en su día y también los motivos por los que la sigo considerando una gran película a día hoy. Esta investigación va a estar llena de valoraciones personales y no intenta de ningún modo ser un texto académico –Dios me libre–, puede que use algún que otro término técnico, pero será solo por fardar. No voy a hablar de lo que pasa en la parte final de la película por si alguno no la ha visto, pero este va a ser un análisis en profundidad, así que habrá momentos en los que algún spoiler será inevitable, daos por avisados.

  • Breve sinopsis

Para los que no la hayan visto o no se acuerden, la Jungla de Cristal no tiene nada que ver con una jungla, sino que relata la historia de John McClane, un policía de Nueva York que viaja a Los Ángeles el día de Nochebuena para visitar a su mujer y a sus dos hijos. Cuando llega al edificio donde trabaja su esposa, para decirle “hola” y esas cosas, una banda de alemanes con muy mala pinta interrumpen la fiesta navideña que la empresa está celebrando y toman a todos los empleados como rehenes. McClane se escabulle sin que lo vean los criminales y comienza a urdir un plan para frustrar los propósitos de los europeos y liberar a su mujer y a la buena gente que la acompaña.

  • Déjà vu

Guiándonos por la sinopsis, la Jungla no debería haberme impactado en ningún sentido, ni siquiera teniendo ocho años. Ésta es una historia que ya hemos visto cientos de veces. De hecho, la trama y los personajes recién descritos, podrían encajar en la sinopsis de cualquier cinta de acción mala, de esas que tan a menudo me tocaba tragarme en la aldea. Sin embargo, a pesar de lo familiar del relato y los personajes, la Jungla de Cristal utiliza muy bien sus trillados recursos de peli de acción para crear algo especial.

  • La década equivocada

En la década de los 80, el prototipo de héroe de acción era “el machote”, con Schwarzenegger y Stallone entre sus más famosos exponentes. Eran tipos duros, de pocas palabras, hombres que pegaban primero y preguntaban después, fans de la aproximación directa y sin rodeos. McClane, en cambio, es un héroe más de los 90 –aunque la peli es de 1988–, es fuerte y ágil, pero utiliza más el cerebro y tiene más labia. Lo suyo es la estrategia, le gusta provocar al enemigo, distraerlo, tenderle una emboscada y atacar cuando menos se lo espere.

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Para McClane, una retirada a tiempo es una victoria, no algo que ponga en duda su valor o masculinidad.

El personaje de Bruce Willis se convirtió en poco tiempo en un referente para los héroes de acción que vinieron después, aunque creo que ninguno de sus sucesores llegó a estar a su altura. Sin duda, este es uno de los motivos por los que la Jungla destaca entre otras películas de su época y por el que es una de mis películas favoritas. Sencillamente creo que McClane saliendo de una situación de peligro con su cerebro da para una acción más interesante y entretenida de ver que Chuck Norris saliendo de otra a puño limpio.

Motivo #1: John McClane

  • Desnudando al héroe

Uno de los caminos que encuentra la película para hacer de McClane un héroe más cerebral e interesante, es a través de la elección de su vestuario. John es, en principio, lo que consideraríamos hoy en día el prototipo de héroe de acción americano: un policía blanco de mediana edad y en buena forma física que siempre tiene una frase ingeniosamente sarcástica para sacarle punta a cada situación peliaguda en la que se ve atrapado. No obstante, desde que los alemanes entran en escena y hasta los créditos, McClane se halla descalzo y en camiseta interior, lo cual sitúa a nuestro héroe en una posición de desventaja constante en relación a sus enemigos.

El director era consciente de esta desventaja y trató de enfatizarla para que, a pesar de las muchas cualidades heroicas de McClane, el espectador dudara de sus posibilidades de éxito. Para que pensase “el tipo es listo, pero con esos pies al aire, no sé yo si va a llegar muy lejos”. Es esa debilidad constante del personaje la que nos hace ver su victoria como algo improbable, y eso es lo que nos implica en la acción, lo que nos mantiene al borde de la butaca y hace que la más insignificante victoria de McClane nos parezca un logro de proporciones épicas.

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Esta película debe ser una pesadilla para Tarantino… o un sueño húmedo, no lo tengo claro.

¿Tiene esto algo de especial? Al fin y al cabo es solo una decisión de caracterización, como si no hubiésemos visto eso antes. Responderé con otra pregunta ¿Cuántas películas de acción habéis visto, en las que las debilidades del héroe no solo ponían su victoria en duda de principio a fin, sino que aportaban también un consistente flujo de intriga? Las cintas de acción –las que yo veo al menos– no suelen enfatizar las debilidades del héroe, enfatizan sus fortalezas y buscan el lucimiento de éstas en tiroteos, peleas y persecuciones espectaculares. De ese modo, el entretenimiento aún puede estar ahí, pero la intriga –y muchas veces la implicación del espectador– desaparece.

Motivo #2: John McClane sin zapatos.

  • Malos malísimos

Evidentemente, la intriga que proporcionan las debilidades de McClane se ve complementada por el papel de los malos de la película, otro hatajo de estereotipos con patas. Entre ellos podemos encontrar: a Hans Gruber, el malévolo y presuntuoso jefe de la operación; a Karl, el vengativo e impulsivo brazo ejecutor; o a Theo, el hacker graciosillo. Además son todos alemanes (menos el hacker, porque un graciosillo alemán, ¿dónde se ha visto?), lo cual les da un punto más en la escala de maldad estereotípica.

¿Y qué tienen éstos de especial? De especial más bien poco, pero a diferencia de otras películas del género, la Jungla nunca da por hecho que el espectador vaya a sentirse identificado con los buenos y vaya a temer a los malos. El filme se esfuerza en describir a cada bando y darles a ambos la vida que necesitan para implicar al público en la historia. No sé quién dijo lo de que “un héroe siempre será tan bueno como malvado sea el villano”, pero la Jungla sigue este principio al pie de la letra.

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No te metas con Hans.

Por ejemplo, la entrada de los criminales en el edificio es rápida, brutal y eficiente. En poco tiempo el grupo mata a los dos empleados de recepción, cierra potenciales vías de escape, corta las comunicaciones con el exterior y reúne a los empleados en una sala para mantenerlos vigilados. Son malvados, son inteligentes y tienen un plan, es la mejor forma de hacerme clamar por la aparición del héroe.

Motivo #3: Hans Gruber sin escrúpulos.

  • Cartón piedra

De acuerdo, buenos y malos están caracterizados para crear tensión, pero sigue siendo una historia de buenos y malos, ¿cómo de interesantes pueden ser los personajes? Vale, los personajes de la Jungla no son los más profundos de la historia, no se enfrentan a dilemas existenciales ni poseen conflictos internos que inviten a reflexiones transcendentalísimas. Pero esto es entretenimiento, esto es acción, y estos personajes tienen objetivos y conflictos claros que se desarrollan con la narración, ayudando a enriquecerla: démonos con un canto en los dientes.

Voy a poner como ejemplo al personaje más desarrollado del filme, el que sufre un cambio más grande y el que experimenta más conflictos a lo largo de la aventura: el propio McClane. Nuestro héroe viaja a Los Ángeles para visitar a sus dos hijos y a su mujer Holly, de la que lleva separado seis meses. En los primeros compases de la peli, John tiene una cara de aburrimiento que no puede con ella, se siente perdido, fuera de lugar y solo. Pero cuando vuelve a ver a su esposa, el mundo parece recuperar su sentido, los dos tórtolos se reencuentran felizmente, se aman. Sin embargo, McClane mete la gamba y acaba provocando una discusión estúpida, justo antes de que los alemanes irrumpan en el edificio.

El héroe consigue su objetivo muy pronto, en menos de 15 minutos de metraje ya vuelve a estar con su mujer, vuelve a tener su amor, la relación que había perdido… pero lo pierde enseguida por ceporro. De esta forma, la aventura de McClane cobra mayor significado, cuando los terroristas entran en escena, su objetivo ya no es eliminarlos o salvar a los rehenes –hacer el bien porque es “lo correcto”–, sino salvar a Holly, a su amada. La suya es una lucha motivada por deseos mucho más primitivos y egoístas que la moral, por lo que resulta mucho más fácil identificarse con John. Asimismo, mostrándonos lo que pierde el héroe al principio –ese espacio seguro y acogedor que representa Holly–, la película hace que la soledad y el peligro a los que se enfrenta después McClane, se sientan todavía más cercanos al espectador y que nuestras ganas de verlo triunfar sean más fuertes.

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Cara de primer acto vs. Cara de segundo acto

A partir de aquí, a McClane se le pone cara de velocidad, empieza su camino hacia la recuperación de su objetivo, en el cual ha de hacer frente a todo tipo de conflictos. Por un lado, John mantiene un conflicto personal con los terroristas, que son el obstáculo más evidente y palpable que se interpone entre él y Holly. Pero también posee un conflicto interno: en su empeño por recuperar a su mujer, McClane se enfrenta a sus errores como marido y aprende a valorar su matrimonio. Por último, también se enfrenta a la incompetencia de la policía y el FBI, conflicto extrapersonal que no es tan palpable, pero que afecta notablemente al desarrollo de su aventura.

Así que puede que John McClane sea un estereotipo, pero la película no utiliza eso como excusa para no desarrollarlo, sino que lo convierte en alguien interesante, alguien a quien resulta divertido seguir y al que resulta muy fácil animar. Y al resto de personajes les pasa lo mismo, no son Hamlets de la vida, pero están bien dibujados, cada uno tiene su personalidad y sus motivaciones, empujando el relato cada cual a su manera.

Motivo #4: Los personajes no son de cartón piedra.

  • Over the top

Ahora voy a hablar de un elemento que seguramente pasé por alto con ocho años, pero que a día de hoy convierte a esta película en única: su sentido del humor. Porque aparte de las ironías de McClane y de algunos gags tontos, en la Jungla de Cristal se elabora también una sátira mordaz contra grandes instituciones de los Estados Unidos, como la policía, el FBI o los medios de comunicación. Todos ellos aparecen en la película como organismos disfuncionales totalmente despegados de la realidad, representados por personajes que solo miran por el bienestar de su propio culo, aún a coste de la vida o dignidad de los demás. Y lo mejor es que tienen gracia.

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Ellis, un triunfador de los 80 en acción.

Mi sátira favorita es la del estereotipo de triunfador de los 80, que aparece representada por Ellis, un agente de ventas de la empresa de Holly. Ellis es el reflejo de una sociedad enferma, una sociedad capaz de idolatrar y venerar a tiburones de las finanzas como él, que lo único que tiene en la vida es una libido descontrolada, una ambición inmoral y restos de cocaína en la aleta de la nariz. Tanto él como el resto de instituciones satirizadas, aparecen como mofas andantes, esperpentos patéticos que rompen los tintes realistas de la acción para ofrecer crítica social y risas.

Motivo #5: Un sentido del humor inteligente y eficaz.

  • Yippee-ki-yay

Pues ahí lo tenéis, cinco motivos por los que la Jungla de Cristal es una de mis películas favoritas a día de hoy y por los que mi mente de ocho años se quedó enamorado de ella en su momento. Decir, que hay más cosas que me gustan de la película –la fotografía, el reparto, etc. – y también algunas que no me gustan tanto… pero ya me he alargado demasiado y tendréis cosas que hacer, así que ya lo dejo.

¿Estoy cegado por la nostalgia? Un poquito quizás. ¿La recomendaría a día de hoy? Por supuestísimo que sí, solo hay que verla con el ánimo correcto. La Jungla de Cristal es un ejercicio de entretenimiento puro y duro, lo cual puede ser algo imperdonable para mucha gente. Así que si eres uno de esos snobs, o Cinefilus Incertus como nos gusta llamarlos por aquí, haz el favor, quítate el monóculo, relaja tu cerebro y disfruta de la acción.

Si queréis salir de este post, podéis dar marcha atrás a toda velocidad hasta estrellaros en el parking más cercano. Yippee-ki-yay motherfuckers!


Lémur Libidinoso

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