La La Land – A mí ni siquiera me gustan los musicales

Damien Chazelle, director y guionista de La La Land, quiere dejar bien claro desde el principio que lo que el espectador paga por ver, es un musical. Por eso, ya en la primera escena tiene lugar un vistoso número de canto y danza que pone en marcha todos los engranajes que caracterizan al género. Yo, que nunca he sido muy fan de sus convenciones, me asusté un poco. Cuando vi que, en medio de un atasco en la autopista, un montón de personajes empezaba a salir de sus coches y a cantar y bailar sobre sus respectivos capós, con una sonrisa en la cara y explicando sus ilusiones y preocupaciones existenciales directamente a la cámara… tuve miedo.

La idea de tener que enfrentarme a una ristra de escenas de baile con personajes que no me importaban lo más mínimo contándome sus vidas, me tenía preocupado. Este miedo me acompañó a lo largo de los primeros compases del metraje, pero poco a poco fue desvaneciéndose. El relato empezó a tomar forma y los números musicales empezaron a funcionar más como oportunidades para contar una historia y desarrollar a los personajes que como simples espectáculos de música y color. Sin embargo, aún tuve que hacer frente a otro elemento que desafiaba mi completo disfrute de la película: el homenaje.

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Escena tras escena, Chazelle parecía empeñado en hacer guiños a las viejas glorias del cine clásico en general y del género musical en concreto, recreándose en una cinefilia apasionada y que dejaba claros sus referentes, pero que se antojaba hueca de significado para la narración. Esto no me asustó, ya estoy acostumbrado al espíritu nostálgico que caracteriza a las películas comerciales de nuestra época, pero sí que me hizo dudar de la capacidad del director para distanciarse lo suficiente de estos referentes como para contar algo nuevo.

Mis dudas se resolvieron en parte, ya que a pesar de no ser una historia demasiado original –chica conoce a chico y se enamoran–, el guion y las interpretaciones logran darle a los protagonistas una dimensión humana y emocional con la que resulta muy fácil conectar. Ryan Gosling y especialmente Emma Stone, se aprovechan de la sencillez del relato para crear personajes con alma y separarlos de los manidos arquetipos de musical con los que son identificados en un principio.

A esto le añades una música pegadiza y el deslumbrante estilo visual de las coreografías, la fotografía, las localizaciones y la puesta en escena, y ya me tienes vendido. La La Land tiene sus defectos, pero el corazón con el que está relatada su historia y la forma en que logra crear un nexo emocional con el espectador, hacen que te olvides pronto de ellos para poder disfrutar del espectáculo. Y eso que a mí… ni siquiera me gustan los musicales.

∼Puntuación: 8/10∼

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