Por qué 50 sombras de Grey podía haber sido una buena película

Por exigencias de la vida (que jamás justificaré) hace apenas unas semanas que he tenido la suerte de ver 50 sombras de Grey. Y también por exigencias de la vida (que jamás nadie podrá justificarme) la semana pasada se estrenó su segunda entrega, así que ¿qué mejor momento para dedicarle unas reflexiones inocuas?

No tengo muy claro si me gustan los retos, o si es que en otra vida fui sepulturera, el caso es que enumerar las razones que convierten 50 sombras de Grey en una pésima película me parecía demasiado sencillo, repetitivo y hasta poco original. De modo que trabajaré con la siguiente hipótesis inicial: 50 sombras de Grey podría haber sido una buena película. Y con esto ya se puede decir que arranco con la tierra al nivel de las orejas.

Un par de datos clave, primero: en lo tocante al libro, no lo he leído (respirad tranquilos), pero voy a partir de la idea de que lo que E.L. James redactó, realmente es un coherente pedacito de la literatura contemporánea.

Segundo: en lo que se refiere a la relación de control y sumisión que establece la historia, dejar claras algunas cosas… Yo defiendo la relación que se criticaba en Crepúsculo, precisamente porque la definiría como la idiotez que evidencia la idolatría mutua (no olvidemos que Grey y Anastasia tienen su origen en un fanfiction sobre los melosos Edward y Bella); por el contrario, esto, esta gama de grises que firma la británica, es la idiotez del fetichismo desequilibrado física, mental y quiméricamente.

Tercero: a raíz de las afirmaciones previamente señaladas, de aquí en adelante me asentaré en un punto de serenidad mental y dejaré de lado la esencia del maltratador y el maltratado como esa realidad social que bajo ningún concepto debiera recibir el foco de la luz pública con una agradable iluminación que disimule sus angulosas características.

Dicho esto, ¿por dónde empezar a clavar el bisturí? Directito al corazón: la relación entre Anastasia y Christian. Uno de los grandes problemas del paso del papel a la pantalla siempre ha sido la conversión orgánica de las relaciones de sus protagonistas. Está claro que el espacio del papel es mucho menos limitado que el de una pantalla de 16:9, pero eso no debería eliminar el ingrediente genuino de los vínculos creados.

¿Hay realmente algo de orgánico en la relación que establece esta película? Porque, ¡eh!, que si el problema es el tiempo de metraje, creo que se podría haber prescindido de ciertos minutos vacuos, como por ejemplo la narrativa barroca que nos trajo momentos como “obvia la existencia de las servilletas y déjame el dedo que ya yo te lo limpio con mi boca”, o “le daré un mordisco a tu tostada después de un casual destapamiento pectoral” (ninguna metáfora sexual se ha empleado en la descripción de estas secuencias).

Soy consciente de que el objetivo de la película no era transmitir la construcción de una épica y trascendental historia de amor, no obstante ¿no se podía haber cuidado un poco más la conexión antes de caer en el “me rindo a los pies de un macizorro ricachón porque tiene un rollito oscuro, algo así como 50 sombras de oscuro, que no sé yo…”?.

Siendo un poco más específica, la construcción del vínculo entre Christian y Anastasia toma la siguiente estructura: te entrevisto — apareces casualmente en mi trabajo — voy a tu sesión de fotos — tomamos un café — me rescatas porque estoy borracha nivel arrastre, y eso es una situación de vida o muerte de la que ningún ser humano ha salido jamás sin un corcel blanco y una brillante armadura — ¿vaya esto es tu cama? — cerdo asqueroso ¿acabas de babearte en mi tostada?

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¿Parece todo muy meloso romanticón edulcorado verdad?, pues ahí donde lo veis, acaba de comerle la tostada

Los primeros 30 minutos de metraje son como escalar El Capitán de Yosemite, pero a lo loco, a los años 70, la cosa se va poniendo empinada de narices y nosotros somos los imbéciles que nos hemos atado la línea de vida al trasero.

Y por supuesto todo viene escalonado por preciosos puntos de descanso, en los que podemos detenernos, respirar hondo y observar las vistas. Si por vistas entendemos los 150 planos (ojo que triplica a las sombras) del labio que se muerde la monja sin hábito, o bien el perpetuo fruncimiento ceñudo del alma torturada con fusta en ristre. Pero tampoco nos distraigamos tanto, que no somos Heidi por las montañas, y si no tenemos la vista al frente es posible que alguno de los pedruscos rugosos que la guionista arroja desde la cima en forma de diálogos terminen por partirnos el cráneo.

Siendo totalmente honestos, aquí es donde se esconde el musgo resbaladizo de la película: “Kelly Marcel [guionista] revela que se le partió el corazón después de que E.L. James rehusara permitir ningún cambio a su diálogo original“.

Acepto que la Sra. Marcel tiene que llevarse algo a la boca de vez en cuando y que muchos no considerarían firmar el guión de la decimoséptima película más taquillera del 2015 en EEUU un descalabre antimoralista y falto de principios (la decimoctava película es Bob Esponja: Un héroe fuera del agua). Lo único que puedo hacer, en defensa de la ética profesional de la Sra. Marcel, es dejar que estas perlitas se defiendan por sí mismas como buenamente puedan:

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Hasta el momento, para poder salvar la película de Sam Taylor-Johnson solamente tendríamos que arreglar la autenticidad de una relación y la calcomanía de unos diálogos pobremente grafiteados sobre la pantalla. Bien, la cosa empeora.

Ante todo, lo siguiente lo digo con toda la fe del mundo en los empleados de las grandes producciones del sector audiovisual y en los métodos de escritura narrativa que la cinematografía aporta: tiene que existir una fórmula para convertir a un taciturno hurón vicioso ultrajado en un personaje de dimensiones más redondas que las de una hoja de revista con modelo masculino en pleno posado fotográfico.

Que tus personajes vengan del papel no quiere decir precisamente que lleguen en dos dimensiones, y si encima apuntas al dramatismo de un pasado de demoledoras dimensiones trágicas lo siento pero entonces necesitamos algo más que el cincel y la rectitud de una mandíbula y unos abdominales de atractivos patrones geométricos. No es nada personal con Jamie Dorman (Grey), de verdad, tan solo desearía que alguien le hubiera comunicado a tiempo que estaban rodando una película, con movimiento, y más de un fotograma por minuto.

No hay que haber estado muy atento para darse cuenta de que todas las flechas apuntan a un mismo sitio: la transición del papel a la pantalla. En su paso a la tridimensionalidad, el tono de 50 sombras de Grey se queda a medias, y acaba ensuciando un precario guion con momentos literarios fundidos a martillazo limpio con el frío lenguaje cinematográfico de las grandes producciones… ¿es que nadie se preocupó siquiera por encender el fuego?

Ni entendiendo que hay una lista muy larga de componentes (entre los que se encuentra el romanticismo idílico) que en el papel funcionan y en pantalla no tanto, se podría salvar medianamente esta adaptación. Porque lo cierto es que el daltonismo greyano podría haber sido un poco más contagioso con algo de esfuerzo previo. Algo que no convirtiese la versión fílmica en un irrisorio pseudodrama romántico-satírico sobre los peligros de enamorarte del David de Miguel Ángel para terminar dándote de bruces contra el frío mármol.

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No me toques el piano que me conozco

Lo único que consigue demostrar esta película es que el intelecto de la raza humana es tan limitado en el momento de su producción que se equipara con el que se requiere en el momento de su compra. Querer obviar el triunfo de 50 sombras de Grey, aun con su dudosa justificación del control y la sumisión, sería como obviar que el cine comercial tiene en su dieta el daltonismo gustativo de los más fanáticos. Y aún así, ¿es tan pretencioso pedir que la película tenga más de 3 diálogos con sentido para el dios de la credibilidad ficticia?

Si tratamos de dejar de lado el argumento jocoso de la película, lo cierto es que hay que excavar tanto para encontrar una gota de valor dramático, narrativo o incluso moralista-educativo, que casi se podría decir que aquellos que llegan al fondo, ya no ven la luz que hay al comienzo del túnel. Ahí abajo está 50 sombras de oscura la cosa.

¿Personalmente? Agradezco este tipo de películas, encuentro en el visionado compartido del baboso escupitajo de inverosimilitud narrativa un “azote placentero” contra mis gustos cinematográficos. La justificación me la sirvió hace unas semanas Lémur en su curiosa escala de valores cinematográficos. Y lo cierto es que hasta me permite marcarme la conjetura de que ya no me siento ofendida por la idiotez con la que se recorta el patrón del éxito.

En este punto retomo mi falta de serenidad mental, olvidad mi hipótesis inicial, la rebato yo misma, no creo que 50 sombras de Grey pudiese haber sido una buena película.

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