El guardián invisible, ¿el funeral de la adaptación textual?

Apología de la fallida adaptación cinematográfica, El guardián invisible vuelve de entre los muertos y encuentra su equilibrio en el dinamismo humano de Etura y Mínguez y en la simbiosis entre folklore y naturaleza humana de Redondo

En 2013 Dolores Redondo cultivó la novela negra española con su Trilogía del Baztán. Cuatro años después, Fernando González Molina (Palmeras en la nieve) firma la adaptación cinematográfica de la primera parte de la misma, El guardián invisible.

La historia narra cómo la inspectora Amaia Salazar (Marta Etura), se ve obligada a trasladarse a su pueblo natal, Elizondo, para investigar la aparición del cuerpo de una adolescente junto al margen del río. El asesinato, que pronto se relaciona con otros crímenes, y el propio pasado de la joven inspectora, activarán un mecanismo que la llevará a entender que el valle del Baztán esconde más demonios y secretos de los que se relacionan a un asesino.

El guión de Luis Berdejo ([Rec]) peca al beber demasiado de su propia esencia: la novela. Y la consecuencia es que la primera mitad de El guardián invisible se presente como un dantesco espectáculo atragantado y excesivamente coreografiado. Hay una absurda conciencia por mantener la fidelidad de un comienzo novelesco que arrastra la película hasta su propia tumba.

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Sin embargo, cuando el filme está a punto de sepultarse como otro desastroso producto de literalidad impresa en la gran pantalla, El guardián invisible renace con ese dinamismo que en muy extraña ocasión consigue relanzar una película. La adaptación de González Molina parece avivarse a mitad de metraje con la lección aprendida, y es curiosamente al centrarse en las sensaciones y dejar de lado la transcripción de los hechos, cuando el thriller gana efectismo. Su recomposición de los acontecimientos consigue precisamente arreglar aquellos puntos más anticlimáticos del material original.

Etura (Amaia Salazar), por su parte, pese a contar con la lápida artificial de la jerga criminológica sobre su cabeza, sale bastante indemne. La protagonista tira del carro de El guardián invisible en un esfuerzo por llevar la tirantez de un personaje con probabilidades de boceto de criminólogo atormentado, hasta un arco de humanidad con un regusto agrio singular. La actriz maneja a Amaia con mesura y son sus dinámicas con Elvira Mínguez, quien interpreta a la hermana de la protagonista, Flora Salazar, las que asientan la autenticidad en el fondo de la historia. La compenetración entre ambas es uno de los equilibrios intachables del filme; sobrecoge cómo Etura decrece su propia presencia con maestría y fluidez para dejarse aplastar por Mínguez. 

No cabe duda de que ésta última es otra de las perlas que esconde la adaptación. Su humanización de Flora sobrepasa incluso los límites del papel firmado por Redondo, es la única capaz de hacerse con los diálogos demasiado pantanosos para representarse en pantalla grande.

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Sobrecoge cómo Etura decrece su propia presencia con maestría y fluidez para dejarse aplastar por Mínguez

En el plano formal, El guardián invisible consigue un equilibrio envidiable en su complicada fusión de la tradición mitológica navarra y el realismo sombrío del thriller. El valle del Baztán respira con vida propia y se convierte en un personaje más, enfrentando las notas del folklore tradicional al escepticismo racional de la investigación científica. Por momentos, Molina dirige con el pulso perfecto para recrear en su cámara la indefensión de los ojos inocentes, el terror y la fragilidad que supone exponer la humanidad a la macabra naturaleza del ser humano.

Es cierto que en su conjunto El guardián invisible pierde flecos y deja mucho en manos del espectador. En la trama criminal los pasos son apresurados y en muchas ocasiones confusos. Resulta decididamente incomprensible que, además de las incontables trampas que tiene que sortear una adaptación, la película decida ponerse otra soga al cuello en forma de aceleración temporal. Una condena que dilapida sin miramientos la verosimilitud, distanciándose incluso de la sátira de Redondo sobre la falsa fluidez del trabajo investigador en la ficción. En un plano más personal, es de agradecer la inclusión de la variedad lingüística (castellano, inglés y vasco), parece que por fin el cine español va a perderle el miedo a los subtítulos…

A fin de cuentas, son Etura, Mínguez y las pertinentes licencias artísticas las que desentierran un cuidado pero muy poco efectista espectáculo de fotografía y coreografías teatralizadas. En el segundo asalto, El guardián invisible se convierte en un vals entre el homenaje a la tradición pasada y la lúgubre sombra que recorre la memoria. Un delicado equilibrio que espero haya enterrado de una vez por todas la adaptación textual del material original.

∼Puntuación: 6/10∼

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