LEGIÓN. Un poco de caos organizado

Tres preguntas me vienen a la cabeza antes de empezar a escribir este artículo. ¿Cómo describir Legión de una forma concisa y clara? ¿Cómo hacer entender su contenido mediante esta redacción? y lo más importante, ¿en qué momento decidí escribir sobre algo que se escapa por completo de mis posibilidades como pez autorreflexivo? Antes de empezar ya puedo afirmar que este no va a ser el mejor artículo para la comprensión o simplemente para la exposición de la serie. Pero ¿quién dijo que deba serlo? Después de verme la primera temporada como quien devora su plato preferido, y a riesgo de que este artículo sea en vano a partir del punto y aparte de este párrafo, he llegado a la conclusión de que Legión es una serie que solo se puede entender inyectando su mezcla explosiva directamente en vena.

Olvidad toda imagen de superhéroe que tengáis en la cabeza, deshaceos principalmente de la saga de X Men, y encontrad un hueco en vuestra mente lo suficientemente espacioso para que entre un poco de caos organizado.

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Legión se sitúa en una institución mental, donde su protagonista, David, ha pasado años encerrado y drogado, luchando contra su esquizofrenia. Cuando Syd, una nueva paciente, entra en el centro, su visión con respecto a su vida pasada cambia drásticamente.  Éste es el punto de partida en el que la serie comienza a jugar con el espectador en múltiples formas apoyada por la ambigüedad de la realidad a la que lo somete. Empieza por situarnos en más espacios de los que una mente atolondrada por el contenido de la televisión nacional puede entender y en una época de dudosa ubicación situada en algún momento entre los años 70 y un presente de lo más psicodélico-tecnológico.

Si hay algo que hace Legión es buscar sus límites y, pisándolos, atravesándolos o bailando el limbo por debajo de ellos, los sobrepasa. Qué otra historia permite a una serie la locura que pasa del cómic a nuestras pantallas conservando todo el sentido y coherencia que aquella que una mente sobrenatural puede crear; y cómo dejar pasar la oportunidad de incluir en una misma propuesta cinematográfica un baile sacado del Bollywood más fuera de contexto imposible y una secuencia de cine mudo acompañada del Bolero de Ravel sintetizado.

Se podría decir que es precisamente la libertad que brinda una propuesta irracional, la que pone a la serie en ventaja con respecto al espectador, pero que al mismo tiempo, está en riesgo de perderse en su propia maniobra.

Parece que Legión lo tenga todo, incluso aventurándose a que ese “todo” se convierta en “demasiado”. Es en ese riesgo donde está la diversión, y es en ese punto donde entran a jugar aquellos elementos que te guían desde la discreción más notoria: la iluminación, el color y la música. Estos contribuyen a la diferenciación y significación de situaciones sin ningún temor a ser excesivos. De entre la cantidad de información con la que la serie construye su mundo, sobresale un humor inesperado, elemento que incorpora eficazmente un respiro con el que mantener un equilibrio mental en el espectador.

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Si quisiéramos comparar esta serie con cualquiera de la saga de mutantes de la Twentieth Century Fox, podríamos mencionar la existencia de un villano. Y hasta aquí su parecido, en la existencia. Los villanos de la saga toman una forma mucho más real y e irónicamente humana de lo que lo hace el monstruo en este caso, más propio de un relato de terror que del mundo de los superhéroes. Una criatura perturbadora que representa a su vez a aquellos monstruos más peligrosos: los que nos formamos en nuestras propias mentes.

Para todos aquellos que sois capaces de digerir la información que cada capítulo ofrece, también disfrutaréis de sus múltiples referencias al cine, tanto clásico como contemporáneo. Yo por el contrario, aún me encuentro descifrando algunas de las pistas que esconden en su planteamiento. Es una serie que consigue mantener la atención, no solo con su complejidad, sino también con el disfrute.

Esquizofrenia explosiva en un show que consigue mostrar lo racional de su irracionalidad, jugando con el espectador y consigo misma.

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