El drama televisivo (I): Hannibal, el doloroso grito de la cancelación

En junio, la noticia de que Netflix empezaba a cancelar series (Sense8, The Get Down, Girlboss) sentó muy bien a algunos de los directivos de cadenas tradicionales. Sí, parecía por fin que esa plataforma que se había erigido como la salvadora de los casos perdidos empezaba a jugar según las normas. Es posible que Netflix no se aliene con intereses partidistas de anunciantes, pero la televisión es un negocio, y la plataforma de streaming no deja de ser una empresa.

Ciertamente, la cancelación de Girlboss no fue una sorpresa para nadie. Sus críticas dejaron mucho que desear, y tampoco resonó demasiado el dolor de ningún público dañado por la decisión de concluir la ficción con solamente 13 episodios. Prácticamente lo mismo pasó con The Get Down, que tras una primera temporada dividida en dos partes, se fue sin hacer mucho ruido. Fueron los fans de Sense8, el drama Sci-Fi sobre 8 desconocidos cuyas mentes están conectadas, los que más escándalo armaron.

En sus dos temporadas, había forjado un ruidoso grupo de fans que no parecía muy dispuesto a dejarlo pasar fácilmente. Pero, ¿desde cuándo esto es nuevo?, ¿cuántos ultrameganumerarios movimientos de fans han tratado de salvar sus preciadas ficciones?, ¿cuántos lo han conseguido? Ahora tocaba asimilar la verdad.

Una verdad que nos enfrenta a cómo el capitalismo impone la toma de decisiones subordinada a parámetros de beneficio y previsiones económicas. Tocaba dejar de lado la utopía netflixiana del paraíso audiovisual. No, Netflix no iba a rescatar todas las series, podíamos dejar de crear peticiones en change.org. Y tampoco, aunque fuese duro admitirlo en aquel momento, le daría un final digno a todas sus producciones originales.

¿Por qué era tan dura esa realidad? Es una realidad que ya conocíamos. Las series se cancelan, las historias se quedan a medias. Tarde o temprano dejamos personajes que adoramos colgados en acantilados, nada nuevo, ¿qué había coincidido en Sense8 para que su cancelación fuese tan relevante?

Por un lado, era una decisión que trasladaba a Netflix hacia el lado malvado del espectro. El lado que se desentiende de cómo nuestros sentimientos de fanatismo exacerbado les dan de comer beneficios en forma de porcentajes positivos en bolsa. El lado que prioriza un bolsillo a un compromiso tan ficticio, que en realidad solo existe en nuestras cabezas.

Pero además, si uno conoce el mensaje de Sense8, sobre identidad, representación cultural y aceptación, el contenido simbólico de cancelar ese mensaje, no solo desestimaba el compromiso de Netflix con sus propios espectadores. Era un golpe directo a la yugular de un compromiso social. De nuevo, un compromiso que nadie firma y que solo se manifiesta cuando alguien rompe el contrato invisible.

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¿Hace falta que explique el compromiso social que esta serie firmó?

Nadie que se deleite en la cultura audiovisual puede obviar estas cosas, sería absurdo ignorar que la cultura se traduce en dinero. De modo que no podíamos enfadarnos porque Netflix eludiese el compromiso con sus espectadores, ni podíamos enfadarnos porque Netflix obviase un más que denostado compromiso social, pero, tal como yo lo veo, sí que podíamos enfadarnos porque Netflix obviase lo que había hecho que muchos la defendiésemos a capa y espada, su compromiso con la ficción.

Sí, para mi propia sorpresa, me había encariñado con la producción de las hermanas Wachowski y J. Michael Straczynski. Este nombre tiene 11 letras y tan solo dos vocales así que lo obviaré de aquí en adelante (de todas formas está acostumbrado a salir en el margen de la foto). La calidad de esta ficción había sobrepasado mis expectativas con creces, dejando atrás el mero entretenimiento.

Sense8 había saltado por encima del margen y se había situado en el rincón que vive entre expectativas y realidad. Sí, prejuzgué el drama de las Wachowski como algo prescindible, y cuando prescindieron de ella me enfadé. Me había implicado, me gustaba, y quería más.

Hay series que prometen mucho y dan mucho. ¿Dragones? Dragones. Pero no muy lejos están esas otras que giran precisamente hacia donde no te lo esperas. Curiosamente esas suelen ser para mí las mejores, las que son más privadas, las que tienen una audiencia tan selecta como fiel, las que te convierten en un verdadero fanático capaz de ver un streaming en directo a las 3 de la madrugada para huir de los spoilers. Series que crecen, y que pueden transformarte en un verdadero visionario, capaz de profetizar el desarrollo exponencial de planteamientos y personajes previamente estereotipados, o, simplemente, en una persona con mucho tiempo libre.

Sí, me definiría como uno de esos seriéfilos empedernidos, de esos que terminan implicándose personalmente en los arcos de personajes ficticios, de esos que acaban comprobando las audiencias semana tras semana, porque somos conscientes de con qué constancia nuestros gustos rondan la cancelación. He ahí el gran ‘handicap‘ de los grupos “selectos”, he ahí el problema de las series que crecen, que sus audiencias bajan.

TEOREMA DEL AUDÍMETRO: Los aumentos o descensos de la audiencia se encuentran en una relación inversamente proporcional a la calidad del producto ficticio muestreado.

Y así llega el aberrante episodio temido por todo espectador indebidamente implicado en productos de consumo capitalistas: el doloroso grito de la cancelación.


Hannibal, el doloroso grito de la cancelación

Lo de Hannibal es un caso que merece un estudio más detallado, es cierto que se trataba de un planteamiento decididamente arriesgado, pero fue, después de todo, una serie laureada por la crítica con nombres reconocidos que la respaldaban (Fuller, Slade, Mikkelsen). Una serie que se alejaba de los eufemismos y que planteaba el abstracto del estudio psicológico desde su lado más vistoso. Y una serie que, aún así, partió como la clásica serie procedimental.

Sí, es de obligado reconocimiento que la serie comenzó como esa entrega semanal de arco cuarenta-minutero que encierra a un malo entre rejas cada martes por la noche. Pero para aderezarlo todo, Bryan Fuller cocinó una viscosa salsa con la psicología de sus personajes.

Según avanza la primera temporada, el trabajo de Graham (Dancy) como analista de crímenes del FBI, pierde protagonismo en favor de la relación que establece con su psiquiatra, Lecter (Mikkelsen). No os mentiré. Es una serie sucia. Por momentos repulsiva. Nauseabunda. Lo macabro ciertamente se sugiere innecesario. Y, aún así (o gracias a ello), no hay nada igual a su análisis de la dimensión psicológica humana.

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La serie arrancó fuerte, pero sus números no hicieron más que bajar: la primera temporada se cerró con una media de 2.90 millones de espectadores, la tercera bajó hasta cerrarse con 1.31. Siendo más concretos, la NBC, tuvo que ver cómo los números de la primera temporada descendieron desde una premiere de 4.36 hasta una finale de 1.98. Una bajada considerable para una temporada de 13 episodios… Era la historia de una muerte anunciada, pero uno nunca elige de quién se queda prendado, y yo me quedé prendada de William Graham…

Ahora, Bryan Fuller está dándonos en la cara con American Gods, mientras se pavonea de lo genial que sería una cuarta temporada de Graham y Lecter.

No trato de plantear una dualidad. La calidad de la ficción televisiva no es una competición entre arcos temporada y arcos episodio. Dicho esto, Hannibal creció cuando abandonó los casos semanales. Pero también es cierto que esos casos le compraron el tiempo necesario para poder crecer. Y aún sopesando que ciertos espectadores potenciales pudieron huir debido al desarrollo susceptiblemente simplista del ‘malo semanal’, este fue un trámite necesario. No solo tiene que ver con atenuar el declive de la audiencia, tiene que ver con un acercamiento natural entre Graham y Lecter.

Es imposible ignorar la verdad, que a medida que avanzábamos en el menú, el número de espectadores descendía a pasos agigantados. Hannibal partió desde un formato asumible por el gran público, y aún sin saber si este planteamiento fue una decisión de su propio creador (Fuller), o una exigencia de la propia cadena (NBC), lo cierto es que es un sendero no solamente beneficioso, si no que, en último término, resulta necesario.

En su segundo plato, Hannibal creció tanto que terminó atiborrando a los directivos de la NBC, que nos dejaron con un entrante que habría apetito, un plato principal sobrecalórico,  y un postre que, conceptualmente, (me) sabe a poco.


El formato de larga duración que ofrece la televisión da la oportunidad a los creadores de cerrarnos la boca semana tras semana. Y cada uno juega sus cartas como puede, Hannibal escogió una fórmula de crecimiento de entre otras muchas. Su paulatino desarrollo me sorprendió, nunca esperé maravillarme tanto por sus personajes, y en algunos contextos aún tengo que justificar que me enamore una serie en la que un hombre hace albóndigas de hígado humano.

Supongo que la única manera de juzgar una serie con verdadera coherencia es ser testigo de su desarrollo, la televisión identifica su característica definitoria con una competición de fondo, en la que la larga distancia importa casi más que las momentáneas victorias. Aquí es donde podremos comprobar cuantas veces nuestro juicio acelerado se traga nuestras palabras con cada revés inesperado que nos hace atragantarnos con nuestros prejuicios.

Pero hoy en día nadie tiene tanto tiempo libre como para ver la totalidad de la parrilla televisiva, así que os doy la bienvenida a los que sí que lo tenéis para leer a un pajarraco desdecirse hablando sobre series que mejoran aún a pesar de, o gracias a, las expectativas en ellas depositadas. Tengo multitud de historias sobre autoescupitajos que compartir esta semana…  la globalización del concepto de identidad que parte de 8 personajes demasiado dramáticos, una inteligencia artificial capaz de robaros el corazón, una misteriosa novela gráfica que pone patas arriba la vida de unos desconocidos, postapocalípticos escenarios con modelos veinteañeros de la CW…

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