El drama televisivo (II): Sense8, ¿quién dijo expectativas?

El drama televisivo (I): Hannibal, el doloroso grito de la cancelación

‘Criticar por instinto’ tiene muchas consecuencias. La primera y probablemente la más dolorosa, es que a veces terminas tragándote tus propias palabras. Ya hablé hace una semana sobre cómo me gusta atragantarme con mis prejuicios, y cómo también las series se nutren de estas expectativas para crecer a costa de nuestras presunciones narrativas.

Hannibal se sirvió del clásico ‘caso-semanal’ para alejarse de expectativas y, por el camino, perdió audiencia… hasta que no le quedó otro camino que la cancelación. Una cancelación que sabía que me irritaría, incluso mucho antes de concluir la primera temporada, cuando la narración dependiente de arcos tan cerrados, parecía anclar el crecimiento de Will Graham (Hugh Dancy). Había potencial, y aunque no conocía de nada a su creador (Bryan Fuller), tenía fe.

Pero esa fe, fundada o no, no siempre la tengo. En su momento, Sense8 me dejó bastante indiferente. La primera temporada no sugería nada especial. Una conexión multicultural brutal. Mucho videoclip. Coreografías. Y alguna que otra orgía. Poco más.

Dos años después, su capítulo especial de navidad, con el que abría la segunda temporada, fue más de lo mismo, un regalo de todo lo anterior para los fans más entregados. Lo vi sin mucho más que hacer, un domingo, en una temporada televisiva bastante aburrida. Pero cuando se estrenó el resto de la temporada y vi por mero aburrimiento ‘Who Am I?’ (S02E02), me di cuenta de que la serie apuntaba un crecimiento tan exponencial que se salía del espectro.

Las hermanas Wachowski vieron el dibujo que les dejamos preparado cuando concluyó la primera temporada. Nosotros, cual ilusos telespectadores sin expectativas, trazamos una picassada de líneas rectas y formas simples esperando que ellas la rellenasen de color en la segunda temporada… y llegaron éstas y destrozaron el lienzo con una bestialidad impresionista que encima dejó toda la pared llena de pintura. Esa es la metáfora que mejor resume a mis ojos la comparación entre la primera y la segunda temporada de Sense8.

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Al igual que el acercamiento de Graham y Lecter en Hannibal, los sensates tenían que aproximarse en los mismos términos, sin excesivas prisas. Y lo cierto es que con todos los aspavientos, coreografías y fuegos artificiales que envolvieron esta conexión, fue un acercamiento que casi pasó desapercibido. Fue una primera temporada muy floja en muchos puntos, prescindible y olvidable.

La gran diferencia con Hannibal, es que el cambio no se produjo durante la propia temporada, si no que fue un salto vertiginoso dos años después de concluir la primera entrega. Casi parece que la dimensión del mundo de los sensates, que explota en la segunda temporada, estuviese guardada en un cajón lista para salir solamente en caso de obtener una segunda temporada. Las Wachowski asumieron el riesgo.

¿Qué riesgo? El riesgo que supone rellenar 12 horas de televisión con mero planteamiento, una aproximación lenta y casi dolorosa de ver, un entretenimiento en niveles justos que subordina el crecimiento a los resultados. A mi modo de ver, sin 12 horas de pausada conexión entre los 8 personajes y nosotros mismos, la segunda temporada no habría funcionado igual de bien, hubiera sido falsa, forzada, y en definitiva acelerada.

Cuando un creador tiene la sangre fría que demostraron las Wachowski, tiembla. Tiembla porque ese temple es casi una promesa de los tempos adecuados que exige una ficción.

Es lo mismo que vi en el Batman Begins de Nolan. Lo mismo que, muy a mi pesar, defendí en Man of Steel. La arrogancia de los grandes para crear un entrante de 150 millones de dólares. Las ideas complejas requieren poso. Y eso, en parte, es lo que me hizo enamorarme de la televisión en un primer momento. Los valores de larga duración, el trasatlántico que vira 15⁰ y termina a 20 millas de donde su partida predijo. Y me permitiré la zafiedad de asumir que esta capacidad es uno de los factores decisivos que, hoy en día, empuja a los actores de renombre a “reducir” su proyección del cine a la pequeña pantalla. La capacidad narrativa de 13 horas tiene que superar por fuerza la hora y media de la gran pantalla.

Sin embargo, no todos los estómagos son capaces de digerir horas de narrativa introductoria mientras salivan pensando en el jugoso entrecot que nos espera. Sobre todo si ese entrecot destroza los ideales de la ciencia ficción mientras entrelaza su peligrosa crítica sobre la privacidad con la realidad actual. Pero eso ya es otra serie…

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